Buena o mala suerte

Algo sucede. Puede ser muy bueno o muy desafortunado. Alguien se te acerca y te dice: ¡Qué buena (o mala) suerte!”. El punto es que no sabemos si es buena o mala suerte. Sabemos qué sucedió. Es lo que es. Lo demás, el tiempo lo dirá.  

Cuando escucho (o leo) que alguien dice (o escribe) que “lo que sucede, conviene”, pienso que – en momentos difíciles – resulta muy complicado pensar en que algo bueno resultará de todo ello. Finalmente, esa situación, esos eventos, de alguna manera también terminan moldeando nuestra personalidad. Y en ese momento, a pesar del sufrimiento que hemos padecido, podemos decir: “eso que sucedió, fue lo mejor que me pudo pasar”.  

Yo viví dos situaciones extremadamente difíciles en mi vida, y ahora puedo reconocer cómo me cambiaron la vida para mejor. La primera de ellas modificó radicalmente quién iba a ser y me llevó a un mundo completamente distinto. Debido a esos eventos, hoy soy una persona completamente distinta de lo que seguramente hubiera sido, de haber continuado por el camino anterior. Y fue por mi esfuerzo, claro. No ocurrió por azar. Ya en la segunda oportunidad, muchos años después, durante el período más oscuro de la experiencia, pensé: “con el tiempo, me daré cuenta que esto fue lo mejor que me pudo haber pasado”. Y hoy reconozco que así fue. 

¿Buena suerte o mala suerte? ¿Quién sabe? Lo cierto es lo que sucede. Lo demás, el tiempo lo dirá.   

La historia del caballo. Fluir con el Tao (2´46 minutos): https://youtu.be/oNIr8IDKLLI  

Cómo vender un webinar en tiempos de plaga zombie

Si siempre estamos en tiempos de crisis o en momentos de emergencia, deja de tener sentido considerarlos como momentos excepcionales. Vender en base al miedo no te convierte en líder o en inspirador.   

El 90% (o más) de las propuestas de webinars que vas a ver hoy incluye en su título el ya repetido (hasta el hartazgo) “en tiempos de crisis” (o “en tiempos de Covid-19”).  

En este momento, mientras escribo, una simple búsqueda en Google me permitió encontrar los siguientes ejemplos (genéricos y específicos sobre distintos temas y disciplinas):  

  • Marketing on-line en tiempos de crisis 
  • Soluciones digitales en tiempos de crisis  
  • Aterrizando el marketing digital en tiempos de crisis  
  • Liderazgo en tiempos de crisis 
  • Liderazgo organizacional en tiempos de crisis  
  • Liderazgo inclusivo en tiempos de crisis 
  • Colaboración y productividad en tiempos de crisis  
  • Cómo motivar a sus empleados en tiempos de crisis 
  • Comunicación en tiempos de crisis 
  • Comunicar en turismo en tiempos de crisis 
  • Cómo gestionar las emociones en tiempos de crisis 
  • Estrategias para retail en tiempos de crisis  
  • Cómo gestionar el flujo de caja en tiempos de crisis 
  • Creando negocios en tiempos de crisis  

Y el mejor de todos, el que entendió que, si aparece una fiebre del oro, no tiene que ir – como todos – a buscar oro, sino que tiene que aprovechar para vender herramientas para buscar oro, es el que organizó este webinar:  

  • Cómo proyectar y hacer un webinar en tiempos de crisis 

¿Qué significa “en tiempos de crisis”?   

Desde que tengo uso de razón escucho que vivimos en emergencia, en tiempos difíciles o en tiempos de crisis. Desde que nací, he experimentado – en Argentina únicamente – las  siguientes grandes crisis: terrorismo (bombas y muerte) y gobierno militar (desapariciones, guerra civil) en los años 70; Guerra de Malvinas, crisis de la deuda latinoamericana y todas sus consecuencias (siempre negativas), alzamiento carapintada, corrupción política e hiperinflación en los años 80; incremento de la corrupción política e incremento del desempleo en los años 90; crisis económica, desempleo, pobreza estructural, corralito y crisis del 2001, populismo kirchnerista y corrupción estructural generalizada en la primera década del siglo XXI; inflación en crecimiento (vamos hacia una nueva hiperinflación), corrupción estructural, pobreza creciente, incremento de la deuda externa y camino al socialismo con el nuevo gobierno kirchnerista y ahora, el Covid-19, todo esto último en la segunda década del siglo.  

Y estas son las grandes crisis. Mientras tanto, la delincuencia también se ha incrementado, la pobreza ha alcanzado el 40% desde un 5% en los años 70, la educación se encuentra en caída libre desde hace décadas. Las grandes crisis son las que tienen titulares en los medios; las pequeñas crisis cotidianas se ven y se sufren todos los días y alimentan el ciclo que deriva en la catástrofe… que en Argentina sucede cada 10 años aproximadamente.  

Entonces: ¿cuál es la novedad de los tiempos de crisis? La novedad sería no vivir en tiempos de crisis, de emergencia. Y creo que muchos nos hemos acostumbrado a tal punto que hemos quedado insensibilizados a todo ello. O, simplemente, vivimos esas y otras situaciones como parte de la vida cotidiana. Y así también tomamos decisiones. La vamos llevando…  

La verdadera novedad en las últimas décadas ha sido la paz. Estamos viviendo en el período de paz más extenso de la historia. Quizás hoy lo damos por sentado, pero no era lo que daban por sentado nuestros abuelos o bisabuelos. Mi abuela materna vivió (y muy mal) la Guerra Civil Española; abuelos de mis amigos sufrieron en carne propia la Segunda Guerra Mundial (lo que los llevó a emigrar y llegar a Argentina).      

Nos hemos acostumbrado a vivir con miedo y a responder al miedo. Y las ofertas de cursos se aprovechan de ello, indicando la importancia de aprender – lo que sea que se esté vendiendo – en estos aparentes – pero permanentes – tiempos de crisis.  

La traducción lógica de todos esos cursos que se ofertan hoy es la siguiente: cómo manejar tus finanzas, cómo vender o liderar, cómo comunicar, como crear negocios… siempre.  

Si siempre estamos en crisis, el único sentido que tiene repetirlo es mantenerte en estado de temor para que tomes una decisión en la dirección que desea quien comunica.  

El miedo puede motivar, pero – definitivamente – no inspira.  

Si quieres inspirar, en tiempos de crisis, de Covid-19, en momentos de crisis de deuda o de invasión de avispas asesinas (seguramente se está gestando), o de plaga zombie (también se habla de su potencial ocurrencia) no generes temor en tu público objetivo para lograr una venta. 

Si lo haces, no eres un líder, no eres un inspirador. Eres un vendedor. Probablemente un buen vendedor. Y no estoy siendo despectivo. Pero llamemos a las cosas por su nombre.  

Lo que hagas y cómo lo presentes, atraerá un cierto público y repelerá a otro público. Siempre. Y esa decisión, como emprendedor o como empresario – en tiempo de crisis o no – siempre será tuya.  

Comprender roles. Clarificar la promesa. Clarificar las expectativas

En muchas ocasiones, entender el rol que estamos desempeñando es la clave para comprender el problema que estamos padeciendo. La verdadera proactividad implica entender cómo generamos los problemas que sufrimos.  

Como consultor, he participado de muchas y diversas reuniones en empresas familiares. En muchas de esas reuniones han ocurrido discusiones. Y no siempre lo que se discute tiene que ver directamente con temas empresariales. Lo que se discute y la forma como se discute, en muchas ocasiones, no permite alcanzar acuerdos, no permite encontrar respuestas y/o soluciones.   

Me he dado cuenta que, en la mayoría de estas situaciones, lo que ocurre es que los roles que desempeñan quienes participan de la reunión no están claros y/o en su debida ubicación.  

Tres hermanos y su padre pueden ser socios y trabajar en la misma empresa. Cuando tienen una reunión, tienen que tener claro el rol que desempeñan: ¿hablan desde el rol de padre e hijos, desde el rol de socios o desde el rol de empleados de la empresa? Clarificar esto es muy importante para que no haya confusión. Que no haya confusión entre ellos, ni con las personas que tienen a su cargo.  

Imaginen que el hermano menor de la familia es el gerente general y su padre es gerente de operaciones. Y mientras el gerente general toma decisiones, el gerente de operaciones lo desautoriza y emite indicaciones diferentes a las ya comunicadas por la cabeza de la empresa. ¿Cómo entienden esto los empleados? Claramente, la autoridad no se encuentra donde el organigrama lo indica.  

Cuando no entendemos el rol que estamos desempeñando y actuamos de manera automática de acuerdo a otro rol, podemos convertirnos en la causa de los problemas que terminamos padeciendo.     

* * * 

Un estudiante en una universidad privada cumple distintos roles. Por un lado, es cliente de la institución (aunque en ocasiones es un rol interpretado por sus padres) y por otro es estudiante de un programa.  

En su rol de cliente de la institución paga por un servicio educativo y la institución lo provee. Ese servicio incluye, entre otros, las clases a las que el estudiante asiste y los exámenes que presenta. La propuesta de valor puede incluir otros servicios, muy diversos. En su rol de estudiante, asiste a clases, presenta los exámenes de cada una de las materias que cursa y es examinado.     

En ocasiones, los roles pueden confundirse. Cuando eso ocurre, el estudiante puede exigir como cliente y pedir que se cumplan ciertas condiciones que la propuesta de valor no ha prometido. Por ejemplo, aprobar los cursos y obtener el título. En muchas ocasiones, son los padres lo que asumen ese rol y exigen – como clientes – un resultado que el estudiante, a pesar de haber hecho uso del servicio, no ha logrado.  

En el sector de la educación privada, la institución garantiza la provisión de un servicio acorde a la propuesta de valor, pero no garantiza que el estudiante alcance el resultado esperado. Porque el resultado depende de las condiciones en las que el estudiante se desempeñe. La institución garantiza el proceso de enseñanza; el aprendizaje depende – casi en su totalidad – del estudiante.  

En cuanto a los roles descriptos en la primera parte, cliente y estudiante pueden ser la misma persona, pero sus interlocutores en la institución serán diferentes. Y si un estudiante habla con un docente (o con el director del programa), siempre lo hará en rol de estudiante y no de cliente.  

Entonces, dificultades de cliente se plantean como cliente y dificultades de estudiante se plantean como estudiante. Y el interlocutor no es el mismo.  

Cuando se confunden los roles y todos los miembros de la universidad responden al estudiante como cliente, todos pasan a desempeñarse como actores de una pieza teatral en la que algunas personas cumplen su rol de dar clases, otros cumplen el rol de asistir a clases, y con el correr del tiempo y luego del cumplimiento de ciertas condiciones, todos terminan en una enorme fiesta en la que se entregan cartones donde consta un título.  

Cuando no entendemos el papel que desempeñamos y exigimos a otros un resultado que depende exclusivamente de nosotros, ignoramos que los problemas que padecemos son producto de nuestras propias conductas.  

* * *  

Una persona que paga por su seguro médico, exige – cuando lo necesita – un nivel de atención al nivel de la propuesta de valor ofrecida y prometida.   

En su rol de cliente, paga por un servicio. Esa misma persona, en su rol de paciente, conseguirá (o no) el resultado esperado – mejorar su salud, curarse de una dolencia – si se dan ciertas condiciones. Y muchas de esas condiciones dependerán de él mismo.  

Si como cliente asiste a una consulta con un profesional para tratar una dolencia y el médico responde a la consulta de manera profesional, realizando un diagnóstico preciso e indicando el tratamiento a seguir, el servicio ha sido cumplido. Si como paciente no sigue las indicaciones del médico y su condición empeora, no puede exigirle al médico el resultado prometido, pues el resultado dependía – claramente – de su propio comportamiento.    

Pero (siempre hay uno) todos conocemos personas que, a pesar de no cumplir ninguna de las indicaciones del médico, culpan al médico por el resultado. Es, exactamente, la misma situación que se presenta en el rol cliente-estudiante.  

Cuando no entendemos qué es lo que estamos pagando, y lo que podemos exigir a partir de ello, terminamos generando conflictos como producto de nuestra propia ignorancia.  

* * * 

Según Peter Senge, la verdadera proactividad significa comprender cómo generamos los problemas que terminamos padeciendo. Parte de ese trabajo implica entender nuestro rol en el sistema en el que estamos inmersos. Parte de ese trabajo implica clarificar nuestras expectativas. Parte de ese trabajo implica abandonar el enojo inmediato cuando las cosas no suceden cuando esperamos que sucedan.  

Una misma persona, roles distintos: Padre – gerente; cliente – estudiante; cliente – paciente. Para incrementar la probabilidad de obtener el resultado esperado (resultado que no siempre está garantizado), debemos entender y desempeñar correctamente el rol adecuado. No entender ese rol, y exigir algo que no puede ser obtenido como resultado, es una manifestación de nuestro propio desconocimiento. 

No colecciones cartones

En algunos países persiste la costumbre de coleccionar diplomas. En otros, un profesional es valioso por lo que sabe, no por cuántos cartones tiene en su haber.  

El año pasado encontré en un blog – ya había visto el libro en distintas librerías – el listado de los “Mil y un álbumes que hay que escuchar antes de morir”1. Descargué el listado pensando en encontrar muchos de aquellos álbumes que yo había escuchado a lo largo de más de 40 años, pero no fue el caso. Sí aparecían muchos títulos que conocía y otros que no. Muchos álbumes que estaban en mi portafolio personal de escucha histórica, y muchos que – en mi listado de “clásicos” – ni siquiera aparecían.  

Se imaginarán la cantidad de comentarios al pie, muchos hasta insultando, por la omisión de “verdaderas obras de arte”, olvidadas, menospreciadas, según la opinión de los lectores.  

Mi lectura fue distinta. Lo que pensé fue: ¡cuánta cantidad de música que no he escuchado y que ahora, gracias al trabajo de quien compiló la información, puedo disfrutar! 

La lista comienza a principios de los años 50 del siglo XX y termina en el año 2005. Mil y un álbumes.  

En algún punto, unos meses después de haber ido y venido por toda la lista, escuchando en forma aleatoria muchas cosas hasta el momento desconocidas para mí, me pregunté: ¿cuántos álbumes podrían llegar a formar tu criterio y gusto musical? ¿y cuánto tiempo llevaría escuchar y hablar con otros, sobre esa música, para construir y perfeccionar ese criterio? 

Lo compartí en un grupo de amigos, músicos en su mayoría, y surgió un número aproximado: 250 álbumes. Teniendo en cuenta que los álbumes que más nos gustan los escuchamos más de una vez (muchas más), esto significa que podríamos emplear el tiempo de escucha de 2.000 álbumes (ocho veces cada álbum en promedio, por doscientos cincuenta álbumes), más el tiempo dedicado a hablar de música. ¡Eso es mucho tiempo2!  

En mi caso, desde el momento en que comencé a escuchar los álbumes de la lista, más los agregados de mi gusto, he alcanzado – en este momento – la cantidad de 331 álbumes. Algunos los he escuchado unas dos o tres veces, lo que alcanzaría a la cantidad de 380 álbumes, aproximadamente. ¿En qué tiempo escucho música? Mientras hago cosas que me permiten hacerlo. No escucho música cuando leo, pero sí cuando me dedico a otras tareas que no requieren mayor concentración consciente. Y eso me permite, a pesar de no tocar ningún instrumento, hablar de música con cierta soltura, con gente que sí se dedica a la música y/o que la disfruta tanto como yo.  

Pero claramente no me permitiría (ni se me ocurriría) hablar de música con un profesional. Nunca osaría, por ejemplo, hablar del tema con Charly Garcia. Así como ninguno de nosotros podría hablar de tenis – de igual a igual – con Rafael Nadal o Roger Federer.  

¡Qué diferencia con otros temas, que – siendo tan o más complejos que la música o el tenis – nos encuentra (o sorprendemos a otros) hablando con la misma soltura con la que le explicaríamos al Gato Gaudio3 cómo pegar un mejor revés!   

Todos los días nos encontramos con “profesionales de la mesa de café” explicando con absoluto conocimiento del caso cómo tiene que jugar la selección nacional de fútbol, cómo se tiene que manejar un país o cómo obtener una mayor rentabilidad siendo el gerente general de tal o cual empresa.  

En otro artículo de mi autoría expliqué que eso se debe al llamado Efecto Dunning-Kruger4. En la intimidad de mis conversaciones con amigos, lo llamamos idiotez5. ¿Cuánto tiempo habrá jugado al tenis el idiota para hablar de tenis? ¿Cuánto tiempo habrá estudiado música el idiota para dar consejos sobre composición? ¿Cuánto tiempo habrá entrenado el idiota en desarrollar las habilidades gerenciales y directivas necesarias para tomar decisiones de calidad, como debe hacerlo aquel que tiene responsabilidad ejecutiva en una empresa? 

Desarrollar criterio personal y profesional para desempeñarse de manera efectiva en cualquier disciplina lleva tiempo y entrenamiento. El entrenamiento es vital. Y cuando uno entrena, se perfecciona. Y cuando uno está en capacidad de entrenar a otros, entonces puede ser llamado coach (entrenador).  

Hoy tenemos una oferta muy amplia de coaching, conformada por muchos entrenadores de alta calidad y por otros tantos que hablan bonito.  

Quienes nos hemos formado y entrenado en ese tipo de habilidades, nos damos cuenta rápidamente de la diferencia entre un entrenador en su materia y un trasnochado que ha leído unos cuantos libros para obtener un cartón y una foto con su certificado.  

Dice Julio Velasco: “si le doy a diez personas uno o dos libros sobre vóley y los leen, en dos semanas estamos hablando todos sobre vóley. Pero hay una diferencia enorme entre conocer sobre vóley y saber de vóley”. Julio Velasco es uno de los tres mejores entrenadores de vóley de la historia del deporte6. Los otros diez están listos para la foto con el cartón. Al pie de la imagen diría: “Feliz con mi certificado. Ahora soy coach de vóley.”  

Entrena para perfeccionar tus habilidades. El saber está en el detalle específico, que permite conseguir verdaderos resultados.  

¿Cómo descubrir si estás frente a un profesional o frente a quien conoce del tema superficialmente? Haz doble click (es decir, haz preguntas) sobre cualquiera de sus explicaciones, pide detalles y resultados conseguidos.   

¿Cómo no convertirte en aquel que conoce superficialmente y se muestra como profesional? Entrenando de verdad, sin coleccionar cartones para la foto.    

Aprender y entrenar para saber. El camino es largo y es arduo.  

Por eso es para profesionales.

Elige tu propia pesadilla

Sobre los incentivos y sobre las decisiones para abrir o para mantener cerrada la economía.  

No me gustan las películas de terror 

– Por el amor de Dios… ¡No salgas, la p$#% que te parió! 

No, no es mi reacción frente a la gente que sale durante la cuarentena. Es mi reacción, y la de muchos, cuando vemos una película de terror y alguno de los protagonistas sale a ver qué sucede en su casa y baja al sótano, o cuando sale a la calle… donde sabemos que se oculta el asesino, o el monstruo, o el fantasma… lo que sea, que finalmente va a matar al pobre infeliz.  

No me gustan las películas de terror. Y lo que no me gusta, pero claramente es lo que hace que la película sea de terror y no de otro género, es la sorpresa que vamos a sufrir. Sí, sabemos que algo nos va a sorprender. Y algunos aman esa incertidumbre… otros, entre los que me encuentro, no.  

En las películas de terror, uno espera que el protagonista no salga a ver qué sucede, porque ya sabemos lo que le espera. Muy probablemente, la muerte. Y le pedimos, le rogamos que no salga, aunque sabemos que va a salir. En definitiva, es su rol en la película y no se puede negar.  

Yo prefiero lidiar con la incertidumbre de la realidad, que siempre es peor a la que enfrentamos en las películas.  

Ahora somos protagonistas 

En esta situación que estamos viviendo, el virus está ahí afuera; no sabemos dónde ni quien lo porta. Pero ahora no estamos viendo una película. Ahora, los protagonistas de la situación somos nosotros y en algún momento tendremos que salir.  

El temor es natural. El temor es normal. El temor, como emoción, nos ha permitido sobrevivir como especie. Cuando sentimos temor, podemos comprender cómo se disparan una serie de procesos que liberan ciertos químicos y provocan ciertas reacciones en nuestro organismo. Todo eso dispara señales de alerta.  

Y el temor en esta situación también es normal. Cuidarnos, mantenernos adentro de nuestras casas, nos ha mantenido lejos del contagio. Y ha sido una buena decisión. Pero también deberemos enfrentar otras decisiones, que ya no nos gustan tanto.  

Salir es una de esas decisiones. Y debemos salir, porque debemos retomar las actividades, a pesar del riesgo que representa.  

Seamos realistas: veamos números, analicemos datos.  

3.700 versus 2.400 

Si bien podemos seguir sintiendo temor, todos los días vivimos en el medio de situaciones increíblemente riesgosas y, sin embargo, hemos seguido adelante. 

Los accidentes de tránsito apagan la vida de muchas personas diariamente. Cada año, y de acuerdo a datos de la Organización Mundial de la Salud (datos de 2018), los accidentes de tránsito producen, aproximadamente, 1.35 millones de muertes1. Los accidentes de tránsito cuestan a los países el 3% de su PIB anual. En promedio, estamos hablando de casi 3.698 muertes al día.  

En comparación, y de acuerdo a datos publicados en WorldMeter2 sobre el Covid-19, al 3 de mayo de 2020, la cantidad de muertos ha sido de 0,24 millones, a razón de 2.401 por día (desde el 22 de enero, cuando comienza el análisis, han pasado 103 días). Además, el porcentual de muertes por casos reportados alcanza el 6,97% (247.312 muertes en 3.546.758 casos). Podríamos afirmar, en principio, que el porcentual de no muertos es del 93%.  

Estos números nos permiten ver que, si bien la situación es grave, quizás no sirva de excusa para cerrar por completo la economía. 

3% versus –10% 

Si los accidentes de tránsito, que matan – en promedio – a casi 3.700 personas al día, cuestan a los países un 3% de su PIB: ¿cómo justificar que el Covid-19, que ha acabado con la vida de 2.400 personas al día, proyecte una caída de hasta el 10% del PIB en muchos países? En España pronostican una caída de más de 9% y el FMI pronostica una caída del 7,5% para la Zona Euro3.   

Dados estos números, muchos tomadores de decisión estarán comenzando a pensar en qué hacer, a pesar del Covid-19. Porque volver a poner el mundo en marcha cuando el ambiente vuelva a estar libre de virus es una ilusión. Hermosa, pero impracticable.     

Pero… y siempre hay un “pero”, puedo entender la decisión de quienes tienen responsabilidad ejecutiva. Es decir, la decisión que toman los políticos, para cerrar la economía poniéndonos a todos en una cuarentena indefinida.  

El juego político  

El político, como todos, toma decisiones en relación a su beneficio. Si crees que los políticos toman decisiones para beneficio de la sociedad, está muy bien. Pero deja de leer esto y sigue con Caperucita Roja…  

Para los que quedamos: los políticos toman decisiones de acuerdo a su beneficio. Y para un político es muy importante seguir siendo parte de la casta política. Ningún político va a tomar decisiones que hieran su futuro político y/o su pertenencia a la casta. O al menos, no lo hará en forma voluntaria.  

Por eso, abrir la economía – aunque sea en forma cuidada – no es una opción. Ningún político quiere verse relacionado con una imagen muy temida: muertos por las calles, gente llorando en televisión… todo por las “malas” decisiones que el político tomó. Y aunque el político no sea el responsable de esas muertes – porque ellas, casi en su totalidad – han sido causadas por la imprudencia y el poco cuidado de la misma gente que ha muerto, sí podría ser naturalmente culpado. Nuestra sociedad siempre busca culpables.  

El político, entonces, ordena que nadie salga de su casa. Y al que sale, palo.  

Y hay un segundo motivo por el cual el político toma esa decisión: él no tiene que generar los ingresos que le permitan vivir. El político cobra su sueldo del Estado, y el Estado recauda ese dinero a través de los impuestos. Y si bien todos sabemos que los políticos tienen otras fuentes de ingresos – mucho más cuestionables y mucho menos santas – podemos decir que sus ingresos no están (no estuvieron, ni estarán) en riesgo.    

¿Han visto alguna decisión de reducir los impuestos o de postergar su pago?  

No, porque no la ha habido. Tampoco la habrá.  

Entonces, todos adentro porque – si bien puede haber problemas de ingresos por cobro de impuestos – eso se salva redistribuyendo partidas4. Eso significa que “alguien va a terminar sangrando” pero claramente no será el político que toma las decisiones5. Y todos adentro para que nadie pueda culpar al político de haber tomado las decisiones que generaron muertes.  

Mientras tanto, la actividad privada, que es la que genera riqueza y paga los impuestos, está adentro y sufre.  

Las consecuencias de la cuarentena indefinida 

Quiebras económicas, muertos… pero más atenuado a lo largo del tiempo y menos impactante porque no se verán en los noticieros como se han visto apilados los cuerpos y los ataúdes de los muertos por Covid-19.  

¿Y entonces qué hacemos?  

Si esperamos la bandera de largada, con el político de turno agitándola para que todos volvamos al trabajo, aunque con muchísima precaución, eso no va a suceder (salvo que lo beneficie… en ese caso, será el primero en la fila).  

Hay que retomar las actividades, con muchísima cautela, porque de lo contrario no habrá actividad a la cual volver.  

¿Por qué con muchísima más precaución?  

Porque cuando la gente comience a salir, y observe que nada sucede (aunque esto pase a corto plazo), puede haber un nuevo brote, mucho peor que el nuevo.  

Un segundo brote 

No hago pronósticos, pero si leemos un poco de historia, podemos ver que – en el caso de la gripe española de 1918-1919 – luego del pico máximo de muertos hubo otro pico, casi tan mortal en cuanto a número de víctimas, unos meses después del primero.  

Recordemos que la cantidad de muertos, en ese período, fue de casi 40 millones (casi un 2% de la población mundial, compuesta por 2 mil millones de personas). Es como si por Covid-19 hubiera habido 150 millones de muertos (y ha habido, hasta ahora, solo un cuarto de millón de fallecidos).  

Es una buena decisión el extremar los cuidados cuando salgamos a trabajar nuevamente, para evitar un nuevo pico. Al menos, mientras se encuentra una cura, una vacuna, un antibiótico, o – en el caso más improbable – que llegue Superman o una flota de naves extraterrestres con una solución permanente.  

Y hay que tener mucho cuidado con una potencial segunda ola de contagios, porque ya sucedió y hace muy poco. Sucedió en la isla japonesa de Hokkaido6. Allí, el gobernador actuó muy rápidamente y determinó la cuarentena. Tres semanas después, y gracias a los buenos resultados, decidió levantarla. Quizás por el relajo en los cuidados, apareció una segunda ola de contagios, más grave que la primera. Y veintiséis días después, la isla entró nuevamente en cuarentena.  

Otras alternativas 

¿Hay alguna otra alternativa, que no sea la cuarentena total o la “administrada”?   

Si, por supuesto. Se trata de lo que se denomina “inmunidad colectiva” y es la que se aplica en Suecia. Funciona de la siguiente manera: no hay cuarentena de ningún tipo; simplemente se hace la vida normal para que la población genere sus propias defensas.  

Quizás la diferencia con otros países es que el gobierno se limitó a sugerirle a la población que tomara medidas de cuidado voluntarias, para evitar la propagación del virus, depositando en ella toda la responsabilidad de cuidarse. Esto fue explicado en un noticiero, cuyo link al video aquí adjunto7

¿Qué resultados han conseguido hasta el momento?  

Resultados que están siendo observados con mucho detenimiento, ya que – en comparación con otros países europeos que han aplicado la cuarentena – son los siguientes:  

País Contagiados Fallecidos 
   
España 236.899 24.275 
Francia 165.093 24.087 
Italia 203.591 27.682 
Reino Unido 165.221 26.097 
Suecia 21.092 2.586 
Finlandia 4.995 206 
Noruega 7.710 207 

Puede ser que la diferencia entre unos y otros sea simplemente cultural. De allí la importancia del comportamiento de la población, que no espera ayudas mágicas ni responsabilidad de los gobiernos, sino que asume su responsabilidad en la propagación del virus.  

Quizás para los entendidos en educación, haya cuestiones a considerar. Les dejo a ellos ese trabajo.   

Creo que en Latinoamérica estamos tan acostumbrados a la necesidad de un caudillo que venga a salvarnos, estamos tan poco familiarizados con la idea de la responsabilidad individual, que cuando tenemos que tomar las riendas de la situación y hacernos fuertes de verdad, pero no “a lo macho” como habitualmente vemos sino fuertes de mente, de espíritu, de voluntad y de acción, simplemente no sabemos cómo hacerlo.  

El virus no tiene en cuenta tu posición económica, tu posición social, tus títulos, tu ideología, o a quien conoces. Solo tu comportamiento, individualmente responsable, podrá ponerte a salvo.  

Pero podría suceder que ni eso alcance.   

Para finalizar  

Suspender la cuarentena total y retomar las actividades en forma administrada es una decisión acertada, para evitar un colapso económico que se lleve más vidas que el Covid-19.  

Los políticos no van a tomar esa decisión, porque no quieren ver su imagen por el suelo, en caso de que sucedan más muertes, y porque su situación económica no está en peligro, ya que cobran – la parte legal y la otra – a través de los impuestos que recaudan. 

Dado que la mortalidad es muy distinta en diferentes grupos, hay que considerar que los adultos mayores deben permanecer resguardados. Y el resto, nuevamente a trabajar, extremando cuidados.  

Hay que prestarle atención al temor, porque es una alarma que permite tomar decisiones en favor de nuestro cuidado. 

Comunicar la importancia de ser solidarios con el prójimo puede tocar algunos corazones. Pero el mayor cuidado es con uno mismo. Y cuidándose uno mismo cuidamos a los demás.  

Por último, debemos extremar los cuidados, y no debemos relajarnos porque – si hay algo que nos demuestra la historia – es que siempre hay una segunda ola de contagios.   

La vida es injusta

Todos somos emprendedores porque la vida es un emprendimiento. La vida es un proyecto en el que trabajamos, día a día, en dirección a ciertas metas. Para algunos/as, esas metas son explícitas; para otros/as no.  

Cuenta el Almirante Mc Raven en su libro “Hazte la cama y otros pequeños hábitos que cambiarán tu vida y el mundo”, que – en ocasiones y por algún motivo por el cual su instructor de entrenamiento SEAL consideraba que había cometido una falta – le era ordenado zambullirse en el océano en su uniforme de trabajo, para luego revolcarse en la arena. Era el temido efecto “galleta azucarada”. Y así debía quedarse durante todo el día. Lo cuenta de esta manera:   

En todo el entrenamiento SEAL no había nada más incómodo que ser una galleta azucarada. Había muchas otras cosas más dolorosas y extenuantes, pero ser una galleta azucarada ponía a prueba tu paciencia y determinación. No solo porque tenías que pasar el resto del día con arena hasta el cogote, bajo los brazos y entre las piernas, sino porque la decisión de que alguien se convirtiera en una galleta azucarada era completamente arbitraria. No había ningún motivo fundado que no fuera un capricho del instructor. 

Para muchos de los aprendices SEAL, esto era difícil de aceptar. Los que perseguían la perfección esperaban que se les recompensara por su impecable desempeño. En ocasiones sucedía, pero no siempre. A veces la única recompensa por sus esfuerzos era un revolcón en agua y arena.

Señor Mac, ¿tiene usted alguna idea de la razón por la que en esta bella mañana acaba usted de convertirse en galleta azucarada? – me preguntó el instructor en tono calmado pero inquisitivo. 
No, señor – respondí obediente. 
Porque, señor Mac, la vida no es justa, y cuanto antes lo descubra mejor le irá. 

[…] Es fácil responsabilizar a alguna fuerza externa por lo que te toca en la vida y dejar de esforzarte porque crees que el destino está en tu contra. Es fácil pensar que el sitio donde creciste, la manera en la que te trataron tus padres o la escuela a la que asististe son lo único que determina tu futuro. Nada podría estar más alejado de la verdad. Las personas normales y corrientes, así como los hombres y mujeres extraordinarios, se definen por la manera en que lidian con las injusticias de la vida. A veces, sin importar cuánto te esfuerces, sin importar lo bueno o buena que seas, terminas convirtiéndote en una galleta azucarada. No te quejes. No culpes a tu mala suerte. Levanta la cabeza, mira hacia el futuro y ¡sigue adelante!” 

La vida no es justa, y no hay manera de entenderlo más que a través de la (maldita) experiencia. Y cuando las cosas van mal, y muchas veces no lo merecemos, solo nos queda decir: “shit happens” (la vida es injusta).  

La situación de cuarentena ejemplifica todo esto muy bien. ¿Merecías la cuarentena? ¿A quién le importa? A la vida no le importa. Al universo no le importa. Al mercado no le importa. Puedes considerarlo injusto, pero no tienes con quien quejarte, porque a nadie le importa tu queja.  

Si aquello por lo que tanto luchaste no se materializó, si el proceso hacia la meta por la cual estabas trabajando tan arduamente sufrió contratiempos, si ibas corriendo apurado por un imprevisto, tropezaste y caíste… shit happens.  

La cantidad de situaciones desafortunadas que padecemos es innumerable. Y esto es una especie de feedback que recibimos de la vida. Para algunos, es karma. Muchas de esas situaciones las consideramos injustas, porque tenemos una idea o una creencia acerca de la justicia, muy cercana al hecho de que – si hacemos las cosas correctas y de manera correcta – solo podemos y debemos esperar cosas buenas para nosotros.  

En resumen: pensamos, creemos y actuamos esperando que si lo que hacemos es bueno, lo que obtendremos también será bueno.    

Sin embargo, todo el tiempo la vida te da ejemplos acerca de lo injusta que es. La vida te cuenta que no hay ninguna relación ente lo que haces, cómo lo haces, y los resultados que obtienes.  

Atribuirle a la injusticia de la vida los resultados imprevistos e inesperados que obtienes, implica una creencia en un sentido de lo justo que simplemente no existe. La vida no es justa… o al menos no lo es desde nuestra particular y casi inexistente perspectiva de lo que significa la vida. 

El universo tampoco es justo. Ten en cuenta que, en algún lugar del universo, hay una roca con nuestro nombre – con el nombre del planeta – en ella. Así como sucedió hace 65 millones de años y determinó el fin de un ciclo con la extinción de los dinosaurios, así también ocurrirá en algún momento en el futuro. ¿Cuándo? ¿Quién sabe? Pero si tuviésemos la chance de ver desde muy lejos la forma como se acerca la roca e impacta en nuestro planeta, podremos observar cómo todo sigue su rumbo, como si nada importara… como si a nadie le importara.  

Por todo esto, es importante leer historia. Porque la historia te dice que lo que pasó antes, volverá a pasar. Y si lo que ya sucedió volverá a suceder, hay maneras de ir viendo de qué forma prepararse para ello. Claro, salvo que estemos hablando de una extinción a nivel global, de la que no nos salvará ni siquiera Elon Musk y su proyecto Space X.  

Pero sin ir a situaciones posibles pero improbables, como la extinción planetaria a partir de la colisión de un objeto con nuestro planeta, hay innumerables situaciones donde escucho acerca de la injusticia de la vida, o de las decisiones que las personas toman, teniendo en cuenta la percepción sobre ellas por quienes las padecen.  

Muchas veces, quienes sufren las consecuencias de las decisiones de terceros ni siquiera están en la mira de quienes toman esas decisiones. Quienes sufren, simplemente estaban en el camino en el cual la decisión tomó su rumbo.  

Hacemos nuestro mejor esfuerzo y otro que ni siquiera conocemos hace un mejor esfuerzo que el nuestro, quedándose con aquello que nosotros buscábamos. Shit happens.  

Entrenamos toda la vida para ser atleta olímpico. Es nuestro sueño y se ha hecho realidad. Clasificamos a los JJ.OO. de Tokio 2020. Y todo se vuelve en nuestra contra, debido a la cuarentena producto de la pandemia. Shit happens.  

Sí, la vida es muy injusta si lo miras desde esa perspectiva.  

Pero solo queda decir… shit happens, y seguir adelante.  

Mc Raven, William. 2017. Hazte la cama y otros pequeños hábitos que cambiarán tu vida y el mundo.  
Mc Raven, William. 2014. Discurso de graduación en la Universidad de Texas. https://youtu.be/0b7G30btz-0  

Reflexiones sobre el Covid-19

Juntos frente al Covid-19 
Evento organizado por Aprendiendo a aprender 
Presentación de Fernando Del Vecchio

Desde el sábado – cuando confirmé mi participación en este evento – hasta hoy al mediodía, cambiaron algunas cosas en el mundo. Por eso escribí algo diferente a lo que tenía pensando contarles hasta esta mañana. Y esto refleja la forma cómo cambian algunas decisiones personales y profesionales frente a las modificaciones del entorno.  

Y si bien no es algo que uno pueda o quiera hacer en forma indefinida, en momentos como los que vivimos hay que hacerlo y yo apuesto a que esta situación sea parte de un juego finito, no infinito.   

Quería contarles que, en enero del año 2016, cuando llegué a vivir a Ecuador, hubo algunas cosas que me llamaron mucho la atención.  

Por ejemplo: frente al avance de nuevas tecnologías energéticas, nadie en el país estaba hablando del reemplazo del petróleo como fuente de divisas… aunque sí se empezaba a tocar el tema del cambio de la matriz productiva.  

Si en algún momento en el futuro, el petróleo – que era y es la principal fuente de ingresos por exportaciones del Ecuador – fuese reemplazado por alguna otra fuente de energía, habría que conseguir esas divisas de otra fuente. Las opciones que se me presentaron en ese momento fueron los productos con los que hoy el país también consigue divisas: exportación de rosas, de camarones, turismo. ¡Y creo que habrá que exportar mucha cantidad de rosas para equilibrar la balanza de ingresos por exportación de crudo…! 

Por mi formación – ya que trabajo con emprendedores desde hace más de veinte años e hice mi tesis doctoral sobre emprendimientos de la industria creativa – planteé la posibilidad de desarrollar la exportación de servicios de la economía naranja. En todo el país podemos llegar a contar cientos de miles de proveedores de servicios creativos. En la realidad, pocos prestaron atención.  

Como conocía a algunas personas que trabajan en los medios, empecé a preguntar acerca de quienes estaban hablando sobre el tema. ¿Había políticos, había periodistas, había entrevistadores, preocupados sobre el tema?  

Porque si bien se trataba de una situación de baja probabilidad de ocurrencia en el corto plazo, su impacto sería muy negativo en caso de que ocurriese.  

No encontré a ningún interesado. Ningún periodista hablando sobre el tema. Ningún político mencionando esta situación. En la mayoría de los medios, seguí escuchando a la gente hablar sobre el impacto de la angeloterapia (sí, hablaban sobre los ángeles… esos seres con alas que viven en el cielo), sobre coaching emocional para mejorar la vida en pareja, sobre maquillarse con color morado y cómo te sienta mejor los días nublados, sobre nutrición y la importancia de consumir proteína en casi todas las comidas del día… en fin, todos temas que hoy no tienen la menor importancia.     

Los temas sobre los que yo quería conversar tendrían potencial impacto en el largo plazo… pero como el largo plazo finalmente se convierte en el corto plazo, y el corto plazo un día nos termina alcanzando … y además, como la vida no es justa … shit happens y hoy nos encontramos en cuarentena, con una pandemia a nivel mundial y bien jodidos como sociedad.  

Para quienes no hayan leído las noticias, hoy el precio del petróleo llegó a cotizar cero. O cerca de cero, pero en un récord que nunca había alcanzado en la historia. Tengamos en cuenta que, al inicio del día, el precio estaba aproximadamente en U$S 11 el barril… y el precio al que está calculado el presupuesto del Estado – según me han dicho – es de U$S 53 el barril.  

Sí, dije que estamos jodidos como sociedad, pero en realidad… creo que estamos peor.  

En fin… todo esto apunta a contarles que hay que hacer las cosas que hay que hacer cuando no son urgentes, porque cuando son urgentes – como sucede hoy – el margen de maniobra es muy reducido. 

Para aquellos que preguntan cuándo va a terminar esto y qué va a pasar, la respuesta correcta es una sola: no tengo manera de saberlo y nadie lo sabe.  

Podemos hacer mejores preguntas. Porque preguntar “¿qué va a pasar?” no es una buena pregunta. Una mejor pregunta es “¿qué hacemos, ya que no sabemos lo que va a pasar?” 

Y como no sabemos lo que va a pasar, en estos momentos, lo que tenemos que hacer es ir día a día, esperando a ver qué sucede, para tomar decisiones del día.  

Afortunadamente, yo no viví un estado de guerra. Pero gente de mi familia sí la vivió y en esas circunstancias, la prioridad pasa a ser sobrevivir y esperar a que algunas cosas se vayan aclarando. Y a pesar de que no podemos esperar a que todo aclare, porque la vida es un continuo y no estamos en una situación de desesperanza extrema, sí podemos ir día a día … es decir, un día a la vez, un paso a la vez.  

El otro día me preguntaron sobre las oportunidades que va a traer la crisis. No lo sé, y no tengo manera de saberlo. Pero oportunidades va a haber. En estos momentos, por ejemplo, hay gente haciendo transacciones en lugares que están en guerra. Eso significa que en todos lados hay gente que se levanta todos los días con la intención de encontrarle la vuelta a la situación.  

Hay que prestarle atención a la gente que tiene responsabilidad ejecutiva: a aquellas personas que están tomando decisiones y no a aquellas que comentan las decisiones de otros. Yo tomo decisiones y presto atención a las decisiones que toman otros.   

Finalmente, y hablando del sector en el que trabajo, que es la educación de posgrado, encuentro curioso el comportamiento de la gente… de los estudiantes, pero a todo nivel y en todas las instituciones. Es muy curiosa la atención puesta en conseguir cartones, certificados y diplomas. No la necesidad o la intención de aprender… sí la de tomarse la foto con el cartón conseguido.   

A veces mis estudiantes se alertan cuando les digo que aprobar una materia no los hace expertos en ella… o que ni siquiera significa que saben sobre la materia.   

En fin, supongo que esta situación cambiará muchas cosas, y también lo hará en el ámbito en el que trabajo. Quizás las oportunidades por venir estén mucho más cerca de lo que pensamos y se relacionen más con un cambio de actitud personal que con opciones que provengan desde afuera.  

En la educación, esto puede significar un cambio de actitud para que el estudiante tenga ganas de aprender, que no se entrene en la queja permanente e inútil y que se forme para resolver problemas como los actuales, donde sí importa saber y no tanto a quien conoces para que te ubique en un puestito a calentar la silla.   

Todo esto lo iremos viendo con el correr de los días, las semanas y los meses.  

Termino con una frase que le escuché a Juan Carlos de Pablo, economista argentino, quien – en alguna de sus conferencias – dijo: “Un país no puede crecer si la gente cree que le conviene más estar entretenida que trabajando en serio.” 

Espero que la cuarentena nos enseñe mucho, porque mis ganas de aprender nunca han disminuido.   

¡Gracias!  

¿Y ahora, quién podrá defendernos?

En 1996 tuvo lugar el primer encuentro entre Garry Kasparov y Deep Blue, un programa de computadora creado por IBM para jugar al ajedrez. En esa oportunidad, Kasparov ganó ganó 4-2, ganando tres partidas, empatando dos y perdiendo una. En 1997 se disputó el segundo encuentro, que en su momento fue llamado “el más espectacular duelo de ajedrez de la historia”. En esa ocasión, la victoria fue para Deep Blue – en una versión mejorada del año anterior – por tres y medio a dos y medio, ganando dos partidas, empatando tres y perdiendo una.     

Algunas crónicas relatan el enorme fastidio del campeón mundial, quien se retiró del recinto y no volvió a hablar sobre el encuentro sino hasta muchos años después.  

Casi veinte años después, se planteó un encuentro que asemeja parcialmente lo ocurrido entre Gasparov y Deep Blue, con algunas particularidades que lo tiñen de un color totalmente diferente. En marzo del año 2016, el encuentro se planteó entre AlphaGo – un programa creado por Deep Mind, empresa de Google – y Lee Sedol, el campeón mundial de Go.  

La semejanza: una máquina jugando contra un humano, campeón mundial del juego sobre el que se plantea el encuentro. La diferencia: Deep Blue fue creada y programada para jugar al ajedrez; AlphaGo fue creada para aprender a jugar al Go.  

En el documental sobre el encuentro – llamado AlphaGo (2017) – vemos lo acontecido durante la preparación del evento hasta la finalización. El primer encuentro que tiene lugar antes del match con el campeón mundial surcoreano, ocurre unos meses antes – en octubre de 2015 – entre AlphaGo y el campeón europeo: Fan Hui. El resultado fue un categórico 5 a 0 a favor de la máquina. Tengamos en cuenta que el campeón europeo tiene un nivel de 2do. Dan en el Go, mientras que Lee Sedol, 18 veces campeón mundial, tiene un nivel de 9no. Dan.  

Lo que ocurrió en marzo fue inesperado por todos. Primero, por el campeón, quien vaticinó una fácil victoria: ganaría 5 a 0… o a lo sumo, 4 a 1.  

Comienza el encuentro y la expresión de superioridad del campeón se va apagando de a poco. Primer juego para AlphaGo… segundo juego para AlphaGo… y por supuesto, también el tercero. Tres a cero. Categórico. Casi humillante. Lo más impactante es que AlpahGo, por momentos, juega de manera que ningún ser humano ha jugado en los miles de años de existencia del juego. Algunas jugadas, son descriptas como “hermosas” por quienes lo dominan.  

Durante el cuarto juego, algo extraño e inesperado sucede y AlphaGo comete un error que lo lleva a la derrota. Pero nuevamente, en el quinto y último juego, AlphaGo supera al campeón, llevándose una enorme victoria: 4 a 1.  

Las sensaciones son extrañas. Si bien hay alegría por el resultado, los programadores de Deep Mind saben que la tecnología de inteligencia artificial detrás de AlphaGo apenas se encuentra en sus inicios… y si bien querían ganar, también – por afinidad con la especie – deseaban que Lee Sedol no fuera derrotado de forma tan absoluta.  

Si Lee Sedol, quien en el Go es considerado como el Federer del tenis o el Messi del fútbol, es tan fácilmente vapuleado por una tecnología que se encuentra en sus inicios: ¿qué quedará para nosotros? ¿Tenemos alguna chance, en nuestro trabajo, de continuar siendo valiosos y no ser tan fácilmente reemplazados por un algoritmo?  

Si el desarrollo de la inteligencia artificial sigue los pasos de la Ley de Moore – que expresa una duplicación de la capacidad de proceso de los computadores cada dos años – entonces, hoy AlphaGo debería tener una capacidad cuatro veces superior a la manifestada en el encuentro del año 2016. 

Muchos consideran que el futuro, así expresado, no tendrá lugar durante los próximos 10 o 20 años. Yo no estaría tan seguro… quizás no se trate de años, sino simplemente de meses, hasta ver expresiones de inteligencia artificial en nuestra vida cotidiana. Ya existen algunas, pero no dominan todas las industrias.     

No voy a adelantarles más, pero lo que pude ver en la serie sobre IA de YouTube publicada en enero de este año, puede darnos una idea de lo que está por llegar. Ya les comentaré algunos ejemplos en próximos envíos.   

Mientras tanto… ¡A disfrutar, que se acaba el mundo!  

AlphaGo (2017). https://www.imdb.com/title/tt6700846/   
Duración: 90 minutos. 

Aprender a decir que no de manera impecable

Hace ya muchos años, un amigo muy cercano me contó una situación que me resultó increíblemente graciosa. Resulta que, con unos dieciocho años aproximadamente, fue a almorzar por primera vez a la casa de los padres de su flamante noviecita. Al sentarse a la mesa, su suegra le preguntó si le gustaban las crepes. Y él, en forma extremadamente educada, respondió que sí. Lamentablemente para él, cada vez que almorzaron en casa de sus suegros durante los siguientes seis años de noviazgo, y como una manera de agasajarlo, le sirvieron crepes como primer plato. Y él, con suma cortesía, siempre los comió. Aunque los odiaba… y se odiaba a sí mismo cada domingo en casa de los suegros, por no haber sido lo suficientemente claro – o valiente (o ambos) – desde un inicio, para evitarse esa situación una y otra vez.  

Fue en el primer almuerzo luego de su casamiento, en que finalmente se atrevió a confesarle a su suegra que realmente no quería comer más crepes. Y a partir de ese momento, nunca más le sirvieron la fatídica entrada.  

Nadie más que él sufrió todos esos años. Nadie más que él se lamentó internamente por no haber podido articular un educado “no”, en lugar de intentar ser el niño bueno, novio seriecito que come todo lo que le ponen delante.   

No saber decir que no a tiempo o de una manera educada ha sido el origen de innumerable cantidad de escenas, películas, series y obras de teatro que tanto nos han hecho reír. Al no decir que no, se generan y potencian situaciones de incomodidad, tanto propias como ajenas.  

Por ello, aprender a decir que no es una manera muy simple de evitarnos conflictos, situaciones desagradables, compromisos insoportables. Pero aprender a decir que no es un arte, porque si en su reemplazo utilizamos el recurso de la mentira, en muchas ocasiones se hará evidente para quien la escucha. Yo, al menos, prefiero mil veces pasar por grosero que por mentiroso.    

Una manera bastante simple de decir que no, y evitarnos mayores conflictos, es responder que no al pedido de quien lo realiza, en lugar de decir que no a la persona que lo solicita. Claro que esto implica un entrenamiento, porque va más allá de – simplemente – decir que no. Se trata de ser explícito en la negativa al pedido, y no a la persona que realiza el pedido.  

Esto se puede resumir en lo siguiente: debemos ser duro con las cosas y suave con las personas.  

Entonces, por ejemplo, si alguien nos solicita un descuento en el precio de un determinado servicio, la negativa explícita es al descuento solicitado, no a la persona que lo solicita.  

Practica una y mil veces. ¿Cómo puedes decir en forma explícita que no al pedido, para que la persona que lo hace no se sienta rechazada? Seguramente tienes que rechazar un pedido que te han hecho estos últimos días y aún lo tienes pendiente. Aprovecha para entrenarte antes de enviar tu respuesta.  

Quizás algunos digan que se trata de lo mismo, porque al fin de cuentas, la respuesta sigue siendo un certero no. Pero la diferencia es enorme. Y la diferencia está en la forma. La consecuencia de una y otra forma puede ser un conflicto, una ruptura o una simple conversación.

¿Por qué la ignorancia es tan atrevida?

Nadie puede decir que es el mejor, si no se compara con los mejores.   

“Soy uno de los mejores”, me dijo desfachatadamente el diseñador. “¿Comparado con quién?”, le pregunté. No tuve respuesta. Le pregunté a quién conocía – como referentes de su profesión – y no tuve respuesta. Le pregunté a quién admiraba, o qué trabajos de otros profesionales de la disciplina lo emocionaban y tampoco tuve respuesta.   

Esta conversación me recordó el efecto Dunning-Kruger, que indica que cuanto menos sabemos, más creemos saber. Este efecto es un sesgo cognitivo, según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real.   

Este sesgo se explica por una incapacidad meta cognitiva del sujeto para reconocer su propia ineptitud. Por el contrario, los individuos altamente cualificados tienden a subestimar su competencia relativa, asumiendo erróneamente que las tareas que son fáciles para ellos también son fáciles para otros.   

Una pequeña historia:   

En 1995, McArthur Wheeler, un robusto hombre de 1,70 metros y 130 kilos robó dos bancos a plena luz del día sin máscara alguna que ocultara su rostro. Fue arrestado una hora después que su imagen fuera mostrada en las noticias de ese mismo día.   

Wheeler, al parecer, confiaba en que aplicar jugo de limón sobre su rostro, le haría invisible a las cámaras. “¡Pero si usé el jugo!”, dijo Wheeler al momento de ser arrestado. La idea fue sugerida por dos amigos del ladrón, quien, precavido, primero probó su eficacia: se aplicó jugo de limón en toda la cara y luego se tomó una fotografía. Nada apareció, posiblemente porque la cámara terminó apuntando al techo. Por lo tanto, Wheeler asumió que permanecería invisible mientras no se acercase al calor, al igual que la “tinta invisible” hecha con jugo de limón.  

Extracto del libro: Del Vecchio, Fernando. (2018) Brilla. Trescientos sesenta y cinco días para alcanzar tu mejor versión y reinventar tu vida. Descarga gratuita desde http://bit.ly/2Y3UfEm  

Más sobre el tema: Soler Sarrió, Alberto. ¿Por qué los incompetentes desconocen que lo son? El efecto Dunning Kruger. Píldoras de psicología. Abril 2020. https://bit.ly/2yfxYLL