/¿Con quién compites?

Cuando fui consciente de la importancia de competir contra uno mismo y no contra otros, el resultado fue mucho mejor que el que esperaba: obtuve un primer puesto entre más de trescientos aspirantes en el proceso de admisión a un programa.

Tenía 19 años.

No recuerdo por qué ni cómo, pero lamentablemente fui perdiendo el foco y lentamente volví a la tradicional “competencia contra otros”: por una calificación, por un empleo, por una promoción.

Al entrar en ese tipo de competencia, te ubicas en una categoría. Así como un equipo de fútbol de primera división compite contra otros en su misma categoría y no compite contra equipos de otra, uno se ubica voluntariamente en una categoría, en un espacio, en un rango.

Y a partir de asimilar la pertenencia a esa categoría, uno se compara con otros.

Uno puede ser muy bueno en esa categoría, pero en relación a su potencial, uno podría encontrarse muy por debajo de sus capacidades.

Como lo plantea Ricardo Jaim Etcheverry en una entrevista que recientemente publicó “La Nación” en su web, refiriéndose al desempeño académico de los estudiantes argentinos: “el desempeño de los mejores estudiantes argentinos es peor que el de los estudiantes de otros treinta países”[1].

Los mejores en su categoría; peores en comparación con estudiantes de otros treinta países.

Años (muchos años) después de esa situación vivida a los 19 años, reviví ese recuerdo y nuevamente todo me resultó muy claro; volví a ser consciente de la necesidad de prestar atención a mi proyecto, a mis habilidades, a mis tiempos, a mi propósito.

Hoy es algo que aplico y transmito en mi trabajo con mis clientes: “mientras pienses en mejorar solamente para diferenciarte de la competencia, no vas a lograr tu mejor versión. Esa mejor versión aparecerá cuando no importe la competencia y mejores para superarte a ti mismo.”

Parece un consejo barato que puedes encontrar en un libro cualquiera de autoayuda; sin embargo es poderoso.

¿Contra quién compites?

Esa competencia con otros es, en la mayoría de los casos, inútil; ese otro con el que te comparas tiene un proyecto distinto, metas diferentes y lo único en lo que ambos confluyen es esta idea aparente de buscar lo mismo.

No, él busca otra cosa y quiere otras cosas; él es distinto y su proyecto también lo es.

¿Qué quieres tú, y no por lo que ese otro quiere, a partir de lo que ese otro dice, muestra o desea?

Qué difícil que es aclarar lo que uno quiere, cuando deja de lado lo que no quiere o las distracciones.

¿Lo que uno no quiere?

Claro, casi todo el mundo tiene bastante claro qué es lo que no quiere. No es tan fácil distinguir lo que se quiere, sobre todo en presencia de distracciones.

¿Qué distracciones?

Las promociones, el dinero, el último teléfono móvil, el fútbol, las redes sociales, la rubia de la recepción.

Es difícil, pero en muchas ocasiones el instinto te dice qué quieres, qué anhelas. Y cuando te acercas al propósito a través de esos indicios, encuentras lo que realmente eres. Cuando identificas lo que realmente anhelas, se enfocan tus decisiones. A tu alrededor se hace evidente la información que siempre estuvo ahí, esperando a que cobrara sentido.

Y a partir de allí es cuando dejas de competir con otros por lo que es importante para el resto, cuando dejas de competir hasta contigo, y todo cobra sentido.

Haces lo que tienes que hacer.

[1] La gente acomodada ve a la escuela como un lugar de entretenimiento

By |2015-09-01T09:47:11+00:00septiembre 1st, 2015|Sin categoría|0 Comments

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