Aprender a decir que no de manera impecable

Hace ya muchos años, un amigo muy cercano me contó una situación que me resultó increíblemente graciosa. Resulta que, con unos dieciocho años aproximadamente, fue a almorzar por primera vez a la casa de los padres de su flamante noviecita. Al sentarse a la mesa, su suegra le preguntó si le gustaban las crepes. Y él, en forma extremadamente educada, respondió que sí. Lamentablemente para él, cada vez que almorzaron en casa de sus suegros durante los siguientes seis años de noviazgo, y como una manera de agasajarlo, le sirvieron crepes como primer plato. Y él, con suma cortesía, siempre los comió. Aunque los odiaba… y se odiaba a sí mismo cada domingo en casa de los suegros, por no haber sido lo suficientemente claro – o valiente (o ambos) – desde un inicio, para evitarse esa situación una y otra vez.  

Fue en el primer almuerzo luego de su casamiento, en que finalmente se atrevió a confesarle a su suegra que realmente no quería comer más crepes. Y a partir de ese momento, nunca más le sirvieron la fatídica entrada.  

Nadie más que él sufrió todos esos años. Nadie más que él se lamentó internamente por no haber podido articular un educado “no”, en lugar de intentar ser el niño bueno, novio seriecito que come todo lo que le ponen delante.   

No saber decir que no a tiempo o de una manera educada ha sido el origen de innumerable cantidad de escenas, películas, series y obras de teatro que tanto nos han hecho reír. Al no decir que no, se generan y potencian situaciones de incomodidad, tanto propias como ajenas.  

Por ello, aprender a decir que no es una manera muy simple de evitarnos conflictos, situaciones desagradables, compromisos insoportables. Pero aprender a decir que no es un arte, porque si en su reemplazo utilizamos el recurso de la mentira, en muchas ocasiones se hará evidente para quien la escucha. Yo, al menos, prefiero mil veces pasar por grosero que por mentiroso.    

Una manera bastante simple de decir que no, y evitarnos mayores conflictos, es responder que no al pedido de quien lo realiza, en lugar de decir que no a la persona que lo solicita. Claro que esto implica un entrenamiento, porque va más allá de – simplemente – decir que no. Se trata de ser explícito en la negativa al pedido, y no a la persona que realiza el pedido.  

Esto se puede resumir en lo siguiente: debemos ser duro con las cosas y suave con las personas.  

Entonces, por ejemplo, si alguien nos solicita un descuento en el precio de un determinado servicio, la negativa explícita es al descuento solicitado, no a la persona que lo solicita.  

Practica una y mil veces. ¿Cómo puedes decir en forma explícita que no al pedido, para que la persona que lo hace no se sienta rechazada? Seguramente tienes que rechazar un pedido que te han hecho estos últimos días y aún lo tienes pendiente. Aprovecha para entrenarte antes de enviar tu respuesta.  

Quizás algunos digan que se trata de lo mismo, porque al fin de cuentas, la respuesta sigue siendo un certero no. Pero la diferencia es enorme. Y la diferencia está en la forma. La consecuencia de una y otra forma puede ser un conflicto, una ruptura o una simple conversación.

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