Compartimos caminatas interminables, hablando sobe trivialidades, solo para pasar el tiempo juntos. Eso es amor, pensé en más de una ocasión. Definitivamente es amor…ese impulso que me lleva a pasar horas, días, hablando con ella, sin importar el tema, el horario, el lugar…solo me importa su mirada, su boca, sus casi imperceptibles movimientos, porque sé qué significan. Anhelaba los atardeceres, esos momentos en los que la ansiedad se incrementaba con esa eterna y cotidiana duda: ¿nos veremos esta noche? En infinidad de ocasiones, la nostalgia y el recuerdo del último encuentro, del último beso, de ver cómo se alejaba y se desvanecía su imagen mientras recobraba la consciencia, tornaba insoportable mi día. Era amor, puro y simple. Me resulta extraño no recordar con precisión su rostro. Aunque sí tengo presente con exactitud la sensación del frío por la espalda al identificarla en la multitud, antes de correr hacia ella para fundirnos en un abrazo. Mis días están vacíos de significado, hasta que comprendo que soy ella, y ella soy yo. Recuerdo habernos perdido en un extraño laberinto de estrechas calles, y mientras nos fundíamos en uno, ser sorprendidos por vecinos del lugar, quien – seguramente – presenciaron en silencio mucho más de lo que imaginamos. Ya nos había pasado y nunca nos había importado. Hoy tampoco. Tenemos que aprovechar el tiempo que tenemos, porque nunca es seguro que nos volvamos a ver. La idea me enloquece, pero trato de racionalizarlo…sin éxito. No podría vivir sin ella. Pero quizás, uno termina adaptándose a todo, aún a los peores escenarios. Hace ya cinco años que intento dormir para soñar y encontrarla, pero no puedo alcanzarla. Desvanecida su idea, su rostro, mi amor, la vida en sí misma. Enamorado de una mujer en mis sueños, a quien nunca conocí, a quien nunca conoceré y quien sabe si alguna vez volveré a ver.