Te habrás dado cuenta que a la gente le resulta más fácil estar en desacuerdo que de acuerdo. En desacuerdo con una idea, con otra persona, con un proyecto, con una opinión.

Esto ocurre, entre otras cosas, por las diferentes formas que tenemos de percibir la realidad.

¿Cuáles son esas diferentes formas de percibir la realidad?

El “es”; el “debería ser”; el “quiero que sea”.

Lo que es.

El “es” es nuestro diagnóstico, lo que interpretamos de acuerdo a nuestra particular forma de ver el mundo.

Se dice que “los hechos son sagrados pero las interpretaciones son libres”. Cuando decimos cómo son las cosas, planteamos nuestra interpretación sobre las mismas. Porque no vemos las cosas como son; vemos las cosas como somos.

Dos personas son testigos de un accidente. Pueden haber visto los mismos hechos, y haberlos interpretado distinto. Cada una vio el mismo accidente, pero el lugar desde el cual cada uno lo observó, sus sensaciones acerca de la velocidad de cada automóvil, si la luz del semáforo permitía el paso a uno o a otro…todo ello genera interpretaciones distintas.

Dos personas con interpretaciones distintas, no coincidirán en lo que “es”.

Allí puede haber un conflicto, si todo se resume en “quién tiene la razón”.

¿Quién tiene la razón? ¿Alguien termina con una medalla en el cuello? Lo dudo.

Lo que debería ser.

También efectivo a la hora de entrar en conflicto, de acuerdo a nuestras creencias, opiniones y/o convicciones, lo que debería ser para mí puede ser un diferente a lo que debería ser para otra persona.

Los ejemplos cotidianos incluyen lo que pienso respecto a “lo que el gobierno, el alcalde, tu mamá o tú deberías” hacer (o no).

Un ejemplo clásico: “tu mamá no debería tener la llave del apartamento para entrar cuando quiera”.

Otras discusiones ocurren cuando entra la política en el medio: lo que el presidente o lo que el alcalde debería hacer (o no). Todas ellas están, habitualmente, cargadas de ideología.

Si tenemos diferentes “debería” sobre un tema, podemos entrar en conflicto y pelear por tener razón.

¿Quién tiene la razón? ¿Alguien termina siendo recompensado por ello? Lo dudo.

Lo que quiero que sea.

Todos deseamos cosas, pero deseamos cosas distintas.

¿Qué sucede si hablo desde lo que “quiero que sea”, y nuestra pareja habla desde el suyo?

Los ejemplos cotidianos incluyen el “quiero que el presidente, quiero que el alcalde, quiero que tu mamá o quiero que tú” haga/s (o deje/s de hacer) algo.

Otros ejemplos: “yo quiero ir a almorzar a casa de mis padres y tú no quieres”; “yo quiero que mi hija vaya al mismo colegio al que fui yo, y tú quieres que vaya a esa escuela horrible solo porque te queda cómodo”.

Si tenemos diferentes “quiero que sea”, podemos entrar en conflicto y pelear por tener razón.

¿Quién tiene la razón? ¿Alguien termina con un diploma de vencedor? Lo dudo.

Agregando más leña al fuego

Estos tres potenciales conflictos se plantean cuando tenemos diferencias en la misma forma de percibir la realidad.

  • Lo que “es” para uno, versus lo que “es” para otro;
  • Lo que “debería ser” para uno, versus lo que “debería ser” para otro;
  • Lo que “quiero que sea” para uno, versus lo que “quiero que sea” para otro.

Y lo mismo sucede con cualquier otra combinación entre ellas:

  • Lo que “es” para uno, versus lo que “quiero que sea” para otro;
  • Lo que “es” para uno, versus lo que “debería ser” para otro;
  • Lo que “quiero que sea” para uno, versus lo que “debería ser” para otro.

Es mucho más fácil estar en desacuerdo, que estar de acuerdo. Estar de acuerdo requiere mucho más trabajo.

El pelear por querer tener la razón está siempre presente, porque su causa – el desacuerdo – está siempre presente. Si somos conscientes de esto, podemos comunicarnos distinto. Y de esa forma, podemos encontrar acuerdo, más que ganar la discusión. Hasta podríamos estar de acuerdo en que estamos en desacuerdo. Y estaría bien.

Dale Carnegie solía decir que no se puede ganar una discusión. Porque si se pierde, se pierde; pero si se gana, se puede perder a futuro por las consecuencias o las represalias de aquel que perdió la discusión.

Hay gente que gana todas las discusiones, pero no puede demostrar un solo triunfo. No tiene medallas, diplomas, ni reconocimientos.

Los triunfos se representan en logros: individuales, grupales, familiares, regionales, nacionales. Y una sociedad formada por personas en discusión continua por el tener razón, mina su capacidad de lograr metas importantes.

Conclusión

No hay ninguna competencia en el mundo que entregue una medalla por las victorias obtenidas en discusiones con tu pareja, con tus padres, con tus vecinos… sin embargo, hay infinita satisfacción cuando logramos acuerdos con esas mismas personas, con la intención de logras metas importantes.

¿Quieres tener razón? ¿Quieres discutir para ganar esta discusión?

Adelante… allí hay un espejo; juega tú solo.