Decir que no es una herramienta muy poderosa.

No saber decir que no se convierte en uno de nuestros mayores enemigos.

Esto, en mayor o menor medida, nos ocurre a todos en alguna ocasión.

Anteponemos la satisfacción de otras personas a la nuestra, dejamos de vivir nuestras vidas para vivir las de los demás.

En situaciones extremas, entramos en un círculo vicioso en el que cada vez tenemos más cosas que hacer, muchas de ellas sin un valor real para nosotros y alcanzamos un nivel de estrés tan elevado como innecesario.

Saber decir que no es muy beneficioso

En ocasiones, porque podemos entender cuán valiosos somos:

Una persona que conozco rechazó una propuesta de trabajo, porque no le interesaba el proyecto. Lo que recibió a continuación fue una mejor propuesta económica, duplicando y triplicando la cantidad inicial ofertada en sucesivos intentos por lograr que se hiciera cargo del proyecto. Finalmente, desistieron de contratarlo debido a su falta de interés en el proyecto, no en la remuneración.

En otras ocasiones, decir que no a tiempo nos evita malos momentos a futuro:

Un amigo mío, apenas cumplidos los veinte años, almuerza por primera vez en la casa de sus suegros. La madre de su novia le pregunta si le gustan los creppes, a lo que responde positivamente. Ese día, y todos los domingos durante los cinco años de noviazgo le sirvieron creppes como entrada del almuerzo. Siempre los comió, como correspondía que lo hiciera. El primer domingo después de su casamiento, le confesó a la suegra que no le gustaban los creppes, así que nunca más los comió en ningún otro almuerzo familiar.

Además, decir que no permite ubicarnos en primer lugar:

Regresando de un viaje y saliendo inmediatamente hacia otro destino, recibo una llamada para concertar una reunión urgente. Aparentemente un cliente de uno de mis clientes necesitaba una cotización por un proyecto. Con mi experiencia sobre la forma como se solicitan esas reuniones, respondí que no podía asistir a la reunión sino hasta la siguiente semana, cuando regresara de viaje. Frente al reclamo de quien me solicita la reunión, le indico que si no podían esperar a mi regreso, por la urgencia que requería el proyecto, no deberían contar conmigo. Resultado: aceptaron la reunión para el día en que volví de viaje, presenté la propuesta de acuerdo a sus especificaciones y demoraron meses en responder a la misma.

¿Por qué no decimos que no? 

No decimos que no por diferentes motivos:

# Queremos ayudar. Confundimos comportamientos supuestamente positivos con otros supuestamente negativos. Parece que negarse a hacer algo es egoísta, mientras que aceptar es un acto de amabilidad, generosidad y empatía.

# Tememos ser rechazados. Queremos caer bien a los demás y buscamos su aprobación. No queremos que nos marginen.

# Tenemos respeto hacia los demás. A veces consideramos que, simplemente, esa persona no se merece un no por respuesta.

# Tenemos temor a los enfrentamientos. Queremos evitar conflictos innecesarios y mantener un buen ambiente. No queremos que una relación se tambalee como resultado de una negativa.

# Tenemos sentimiento de culpabilidad. A menudo no nos quedamos tranquilos cuando decimos que no. Nos castigamos por esa decisión, aunque fuera totalmente lógica.

# Tenemos temor a perder oportunidades. Pensamos que al decir que no, no nos ofrecerán otras cosas que sí pueden interesarnos.

No se trata de decir a todo que no, pero no deberíamos hacer aquello que no nos aporta nada; eso nos hace daño, literalmente.

¿Cómo podemos tratar con estas situaciones?

# Tener claridad: debemos tener bien claros nuestros compromisos, conocernos y actuar con integridad. Priorizar nuestros proyectos e intereses personales. Si lo que nos proponen no tiene nada que ver con ello, simplemente podemos rechazarlo.

# Valorar nuestro tiempo: Decir que no a algo nos permite decir que sí a otras cosas que de verdad nos interesan. Si demostramos a los demás que valoramos nuestro trabajo, nuestro tiempo y nuestras prioridades, nos respetarán más por ello.

Si aceptas todo lo que te piden, no eres tú mismo, no evolucionas como persona y no mejoras.

Si después de una negativa, tu relación con esa persona se deteriora, no era una relación sincera, sino interesada. No dejes que te chantajeen. Además, piensa que alguien que te aprecie nunca te pediría hacer algo que te perjudique.

Puedes ser generoso, pero evita los abusos. Si lo que te piden es abusivo, trata de negociar condiciones equilibradas para aceptar, o recházalo.

Si no lo tienes claro, retrasa la decisión. Di que lo tienes que pensar. Busca argumentos sólidos para poder aceptar la petición.

Cuando digas que no a alguien, hazlo de forma educada pero firme. Demuestra que respetas sus sentimientos y opiniones. Estableciendo los límites desde el principio y expresando lo que no te gusta, te ganarás su respeto.

No inventes excusas, de lo contrario la situación se repetirá constantemente. Ni siquiera tienes que dar explicaciones. Tú eres el dueño de tu tiempo.

Antes de aceptar algo, piensa en sus implicaciones. ¿Cuánto tiempo necesitarás? ¿Cómo afectará a tu vida profesional, personal o familiar? ¿Qué coste acarreará? ¿Qué otros proyectos vas a tener que sacrificar?

Resumiendo, aprende a ser asertivo, a valorarte, defiende tus derechos y busca relaciones con buenos fundamentos.

Aprender a decir que no es uno de los grandes favores que puedes hacerte a ti mismo. Reducirás tu sobrecarga de trabajo y tu nivel de estrés. Finalmente, dispondrás de tiempo para hacer lo que realmente te importa.

Y la mejor forma de aprender a decir que no es practicando.

Entrenando en el arte de decir que no

Estoy entrenando el decir que no … y puedo decir que me ha resultado muy beneficioso.

Una forma de practicar el arte de decir que no, es atender los llamados con propuestas no solicitadas y responder que no a la propuesta concreta y directamente. Por ejemplo: en lugar de decir “no me interesa”, decir concretamente que “no quiero”. Cuando te pregunten el por qué, puedes responder “no tengo por qué darle una respuesta a su pregunta”.

Habitualmente nos enfrentamos a la idea de querer quedar bien, y aceptamos responder encuestas que nos hacen perder el tiempo, nos molestan, nos enojan … pero no decimos que no.

Hace unos días atendí un llamado y era una vendedora telefónica. Su propuesta: informarme que podía acceder a una beca para estudiar inglés. Me dice: “antes de que le indique la forma de acceder a la beca, necesito que responda una pequeña encuesta. ¿Me ayuda?” Mi respuesta fue NO. Y me preguntó de nuevo: ¿De verdad no me ayuda? Mi respuesta fue NO. Me agradeció y cortó la comunicación. ¿Qué sucedió? La pregunta tenía la opción de una respuesta negativa, y se la di. La vendedora quería iniciar una conversación que implicaría responder a muchas preguntas con un “sí”, para que después fuese más difícil decir que “no” a su propuesta de venta. Es una técnica muy conocida. ¿Quería someterme a eso? No. Así que fui directo en mi respuesta.

Malgastadores de nuestro tiempo

Debemos eliminar los malgastadores de tiempo; esas labores que interrumpen las tareas importantes y valiosas. Aquí hay un listado de ellos:

  1. Chequear todo el tiempo la llegada de correo electrónico.
  2. Realizar la conciliación bancaria todos los días.
  3. Revisar todo el tiempo tus redes sociales.
  4. Responder inmediatamente los mensajes recibidos en WhatsApp.
  5. Agendar reuniones personales que pueden resolverse con un llamado telefónico o una conversación por Skype.
  6. Atender las urgencias de los demás.
  7. Responder al “drama” con el que trabajan los demás.

Al decir que no, dejamos de producir drama. Porque al responder que sí, cuando queremos decir que no, generamos conversación sobre el malestar, la desdicha y la frustración, que podríamos haber eliminado si – simplemente – decíamos que no.

En ocasiones, tu cuerpo pide a gritos el decir que no. Una clienta con la que trabajé, sufría en el cuerpo el no poder decir que no. Cuando empezó a ordenar su agenda, a partir de mi sugerencia de “hacerse dueña de su tiempo”, sus dolores de cuello desaparecieron.

Hay que decir que NO a las reuniones. ¿Por qué reunirse, cuando podemos conversar unos minutos por teléfono o Skype?

Recuerdo una frase, que dice: “como las empresas no se pueden masturbar, inventaron las reuniones.”

Diciendo que no, dejamos de trabajar más para trabajar mejor. Diciendo que no, llegamos a sentirnos mejor. Diciendo que no, nos enfocamos en lo importante para nosotros.

Los ejemplos anteriores, sobre los malgastadores de tiempo, pueden trabajarse de otra manera, por ejemplo, agrupando tareas (dejando que se acumulen para resolverlas todas a la vez):

  1. Revisar el correo electrónico dos veces al día, y responder – en cada ocasión – todos los mensajes recibidos.
  2. Realizar la conciliación bancaria una vez a la semana.
  3. Programar tus publicaciones en redes una vez al día, o dos veces a la semana.
  4. No responder al “drama” de otros, o no entrar en esas conversaciones (que en realidad son propuestas de participación).

Al decir que no, enfocamos nuestro pensamiento, nuestras ideas, nuestro proyecto. Y hacemos lo que tenemos que hacer, que es lo que queremos hacer.

Decir que no al pedido, no a la persona

Es importante identificar cuál es el pedido que estamos recibiendo, para poder decir que no. Cuando identificamos el pedido, podemos decirle que no a ese pedido, sin confundirlo con el no a la persona.

Una persona que conozco tenía muchos conflictos para decir que no a los pedidos de descuento que le solicitaban sus clientes. Cuando identificó que debía decir que no al pedido de descuento, en lugar de decir que no a la persona que lo pedía, todo cambió.

¿Qué cambió? Que pudo decir que no sin entrar en conflicto con la persona.

Conclusión

Es importante decir que no, para tener espacio y hacer lo que queremos hacer, en lugar de atender a las demandas de los demás.

Decir que no es una poderosa herramienta, que se descubre únicamente cuando la aplicamos.

Practica el arte de decir que no, y descubre todo el tiempo que tienes para hacer las cosas que son importantes y valiosas para ti.