En una versión moderna de una antigua historia sufí, un viandante encuentra a un borracho gateando bajo un farol callejero. Le ofrece ayuda y averigua que el borracho está buscando las llaves de la casa. Al cabo de unos minutos pregunta: “¿Dónde se le cayeron?” El borracho responde que se le cayeron frente a la puerta. “¿Entonces por qué las busca aquí?”, pregunta el viandante. “Porque junto a mi puerta no hay luz”, responde el borracho.

Todos nos sentimos cómodos aplicando soluciones típicas a los problemas, ateniéndonos a lo conocido. A veces las llaves están bajo el farol, pero a menudo están en la oscuridad. Si la solución fuera visible u obvia para todos, tal vez ya la hubieran encontrado. La insistencia en soluciones conocidas mientras los problemas fundamentales persisten o se empeoran es un buen indicador de pensamiento asistémico, lo que a menudo llamamos el síndrome de “aquí se necesita un martillo más grande”.[1]

Trabajar sin reflexionar puede llevarnos a buscar las llaves donde se encuentra la luz – en lugar de buscarlas donde se nos ha caído – o a buscar las llaves sin saber que en realidad no las hemos perdido, o podemos llegar a creer que en realidad hay alguna puerta que debemos abrir.

¿Al buscar soluciones – muchas veces creyendo que nos comportamos proactivamente – comprendemos cuál es realmente el problema con el que lidiamos?

En mi trabajo, encuentro que no siempre se identifica claramente el problema que se intenta solucionar. Sí, al preguntar: ¿Cuál es el problema que intentamos resolver?, por lo general se identifican acontecimientos que no podrían ser considerados – desde la propia definición – problemas.

Si comprendiéramos qué es un problema – nuevamente, desde su definición – podríamos intentar primero identificarlo, para luego resolverlo.

Entonces, ¿Qué es un problema?

Según Duran [2]un problema es una desviación, positiva o negativa, de la realidad observada respecto a una norma, con causa desconocida que nos interesa conocer.

Según Adizes, un problema debería ser definido como algo que no deseamos, pero que podemos controlar, es decir, que podemos resolver. Si está fuera de nuestro control, si no lo podemos resolver, no es un problema (se trata de un acontecimiento desafortunado).

Ahora bien, si revisamos lo que consideramos en lo cotidiano como problemas, aparecen muchos aspectos desagradables de la realidad que no pueden considerarse como tales, o por lo menos, no deberían serlo para nosotros (y así deberíamos tomarlos).

La comprensión de lo que es un problema nos ayuda a identificar qué aspectos de la realidad conforman uno, para trabajar en su resolución.

[1] Senge, Peter; La quinta disciplina; Buenos Aires, Granica, 1990.

[2] Duran, O.; Aspectos a tener en cuenta, En busca de la competitividad; Buenos Aires, Distal, 1999.