Nadie puede decir que el mundo de hoy es más simple que el de hace diez o veinte años. El mundo de hoy es más complejo, no parece simplificarse y todo sucede a una mayor velocidad de la que experimentábamos ayer.

El mundo y los problemas que experimentamos son más complejos. Y estos problemas son una consecuencia de los sistemas que hemos creado como intentos de solución a los problemas que experimentamos en el pasado.

Y así como los problemas son cada vez más complejos y se suceden con mayor rapidez que antes, las soluciones que venimos aplicando son inefectivas, pues son del mismo tipo que en el pasado.

¿De qué sistemas hablamos? El gobierno, la justicia, la educación, la salud, la economía, etc. Muchas personas se han beneficiado de los sistemas creados, pero esos sistemas también han generado nuevos problemas.

¿Y qué problemas complejos enfrenta hoy la sociedad? La pobreza, las adicciones, el desempleo, la discriminación, entre tantas otros. Estos son problemas cotidianos. Otros problemas – por ejemplo, la pérdida de biodiversidad – tienen consecuencias que exceden a nuestra generación y por ello no los consideramos como verdaderas dificultades.

La llamada innovación social intenta administrar en algunos casos y resolver en otros, esas dificultades.

Pero las soluciones complejas que requieren los problemas complejos serán consecuencia del cambio en la forma de pensar esos problemas, del cambio en la forma de trabajar esos problemas y del cambio en la forma de aplicar las respuestas para administrar y/o resolver esos problemas.

Un cambio en la forma de pensar y aplicar soluciones a este tipo de problemas significaría trabajar sobre los síntomas a corto plazo, y sobre las causas a largo plazo. Ambas respuestas son distintas.

Además, este cambio de enfoque requiere de un verdadero liderazgo. Ese liderazgo viene dado por aquel estadista que piense en término de décadas, no en plazos definidos por una próxima elección.

Con relación a la innovación social, la verdadera innovación y ruptura puede lograrse trabajando en dos planos: síntomas en el corto plazo y causas estructurales en el largo plazo.

Una forma de pensar en ello es, a corto plazo, dotar de capacidad a las personas e instituciones que hoy enfrentan los problemas que ha generado el sistema; a largo plazo, transformar el sistema para que deje de generar estos problemas.

Un proyecto de transformación a largo plazo implicaría, por ejemplo, que el Estado deje de ocuparse de tareas para las que no tiene capacidad (y sí la tienen los ciudadanos que trabajan para cambiar los resultados que genera el sistema), acotando su intervención a lo estrictamente necesario: seguridad, educación, salud, justicia.

En definitiva, los problemas complejos que el sistema ha generado no tienen solución en el mismo nivel de pensamiento (ni en el mismo sistema) que los ha generado.

Que el Estado se dedique a lo estrictamente necesario, para administrar las condiciones en las cuales la sociedad funciona, sería la verdadera y más radical de las innovaciones sociales.

Para poner en marcha estos procesos se requieren conversaciones difíciles, de alto nivel. Se requieren grandes equipos, conformados por grandes personas. El desafío es enorme. Esperemos ver el inicio de estos procesos en el transcurso de nuestra vida.